A menudo los seres humanos se preguntan qué es lo que necesitan para sentirse bien, para estar felices o simplemente para estar de mejor humor. El ser humano siempre está buscando plasmar su propia identidad a través de los objetos. Busca comprarse ése coche añorado, conseguir aquel cuadro que tanto le impresionó años atrás, aquellos zapatos que no puede quitarse de la cabeza… Siempre intentamos plasmar la realidad caótica que nos rodea en cosas materiales con un relativo orden. Tratamos de sentir nuestras propias emociones a través de los objetos. Pintamos dibujos, bocetos, cuadros, paisajes, objetos y personas; escribimos novelas, relatos bíblicos, simples anotaciones o hasta blogs en internet o tablones de redes sociales; componemos ritmos, melodías, letras, canciones, poemas, discursos, frases, eslóganes y refranes. ¿Y todo ello para qué? ¿Para satisfacer nuestra necesidad de desahogo de información? ¿Para saber que nuestros secretos y anécdotas no se quedan en un simple recuerdo en nuestra memoria? ¿Tal vez lo que la sociedad denomina arte es tan sólo la forma de ciertas personas de contar sus propias ideas, emociones o historias? Quién sabe. Nadie lo sabe. Solo el propio poeta sabe porqué compone; sólo el propio cantante sabe porqué canta; solamente nosotros mismos somos los encargados de saber el porqué de nuestras acciones. El porqué. La razón de ser. Que cosas tan ambiguas y poco interesantes, ¿verdad? ¿Y porqué hace uno lo que hace y de la manera en que lo hace? ¿Porqué tu bebes y yo no? ¿Porqué soy cómo soy y no de otra manera? ¿Tendrá algo que ver mi forma de ser con las circunstancias que me rodean y las experiencias que he vivido? Quién sabe.
Pero, ¿por qué respondo de la manera que lo hago? ¿Por qué me sale ése impulsivo toque repelente cuando realmente no deseo ser así? ¿Será que no tengo consciencia de mis actos al ciento por ciento? ¿O será una consecuencia de esta sociedad consumista y desastrosa? Mejor dejo a la sociedad en paz, que no tiene nada que ver con lo que hablo, ya que la actitud es decisión exclusivamente mía. Soy yo el encargado de hacerme notar o de pasar desapercibido; de seguir las normas o rebelarme y romperlas continuamente; de creer en Dios o creer en que Michael Jackson sigue vivo. La gran mayoría de situaciones que me rodean están directamente relacionadas con mi forma de asumir la realidad. La gran mayoría de cosas que me ocurren vienen dadas por mis anteriores actos, palabras o gestos. Entonces, ¿soy yo quien provoca que lleve dos años y cinco meses sin ninguna relación estable? ¿Es culpa mía que mis pocas relaciones pierdan su sentido de ser a las pocas horas? ¿Es culpa mía que haya gente que constantemente pierda mi rumbo y no decida volver a seguirlo? ¿Es entonces también mi culpa que las cosas me vayan como me están yendo? ¿O podría decirse que solo son un cúmulo de circunstancias adversas que se han entrelazado en un corto espacio de tiempo? Quién sabe. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Pero sinceramente prefiero pensar que es simplemente responsabilidad mía. Y de nada ni nadie más. Ya que si son simplemente las circunstancias que me rodean, ya pasarán. Pero si son producto de mi actitud, tengo la capacidad de cambiar la realidad y de alterar el futuro. De cambiar mi propio destino. Existen las coincidencias, claro. Pero no todo son coincidencias. Demasiadas coincidencias seguidas y constantes dan mucho que pensar. Muchas cosas que pensar. Cosas como: “¿pero yo no le había dicho que no fui a aquel sitio? Entonces, ¿porqué duda de mi?” Tal vez sea culpa de las coincidencias… Sí, en efecto, las coincidencias pueden llegar a convertirse en unas traicioneras e inesperadas formas de alterar la realidad. Pero, por suerte, no son las únicas capaces de hacerlo.
Claro está que siempre que se habla de responsabilidades y culpas, en el primero en el que pensamos es en el prójimo. El cambio drástico del clima, la contaminación masiva del medio ambiente, los problemas políticos entre distintos países, la pobreza absoluta de algunos millones de personas. Todo es culpa de los demás y son los demás los encargados de solucionarlos, ¿verdad? Claro, porque hay cosas en las que nosotros no podemos hacer nada. Hay cosas en las que yo puedo ayudar, pero son cosas a pequeña escala. Dicen que las cosas a gran escala que necesitan ser solucionadas necesitan de personas grandes para poder ser solucionadas. Y ninguno de nosotros somos grandes objetos mediáticos ni nada por el estilo. Pero podemos hacernos más grandes, alcanzar una escala mayor y adentrarnos en los mundos importantes. Y podemos reducirnos hasta alcanzar una escala diminuta y obtener información sobre las cosas pequeñas. Transformar la realidad a veces requiere transformar al individuo. Así que convirtámonos y alcancemos la escala a la que estamos dispuestos a llegar. Podemos llegar hasta donde queramos. Porque, indiferentemente de lo que diga tu mejor amigo, tu compañera de clase o tu profesor de filosofía, querer es poder. Y si ahora piensas en algo que es imposible y crees que, en efecto, es inalcanzable, te equivocas. Para hacer grandes cosas hay que hacer grandes sacrificios y esfuerzos. Desprenderse de cierto peso que nos impide el ascenso. Pero ello necesita un gran compromiso con la realidad que nos rodea y una gran voluntad. Porque eso es lo que necesitamos ante la vida. Voluntad. La voluntad rige muchos problemas, muchas injusticias, diversos conflictos y una cantidad infinita de cosas irrelevantes y nimias. Y en nuestra mano está cambiarlo. Todos lo sabemos.
Pero esto no es un debate político ni un discurso académico. Es un simple borrador. Un sencillo sumario de pensamientos. Ojalá pudiese plasmarlos todos en un par de folios y poder exponerlos a la gente que quiero. A la gente que añoro… ¿A cuanta gente añoro? ¿Qué es añorar? ¿Echar de menos de manera exagerada? ¿Se puede sentir añoranza por algo que no sea una persona Claro. A cuanta gente echo de menos. ¡A cuanta gente deseo ver tras tantos años de separación…! En cuantos lugares desearía volver a encontrarme. Son tantos los deseos que uno tiene que no podré llevarlos todos a cabo. Pero, ¿cómo que no? ¿Quién me lo impide? ¿Querer es poder, no? Pues entonces, si me lo propongo, podré cumplir todos mis deseos. Los alcanzables, claro. Hay deseos inalcanzables, como convertirse en un dios o poder vivir más de cien años con un cáncer de pulmón.
Yo ahora mismo me pregunto: ¿Por qué estoy escribiendo esto? ¿Lo necesito acaso? Yo diría que no. Pero me gusta. Y eso me lleva a continuar. Por ello escribo. Me gusta plasmar mis ideas sobre un papel. Reflejar mis sentimientos en algún sitio. Mostrar mi forma de ser y comportarme. Me hace creer que hay algo o alguien que me escucha y que me entiende. Vaya. Cualquiera podría decir que estoy incluso deprimido, que no tengo nadie con quien hablar y que necesito desahogarme de alguna manera. Podría ser posible. Pero únicamente si se cumplieran esas circunstancias, las cuales no se reflejan en mi realidad. Ya que no necesito desahogarme con nada ni nadie. Y si alguna vez necesitase hacerlo, tengo con quien. Y esa es mi super-amiga. Así que, ¿qué hago aquí quejándome y lamentándome? Debo solucionar mis propios problemas por mi mismo. Y por eso dejo de escribir este texto. Para escribir lo que de ahora en adelante será mi futuro.
Axel Vilar Lorenzo, El Don Del Conocimiento Humano
